Emprender una busca condenada al fracaso. La esencia de aquello que no llega a ser siquiera vacío.
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Jueves, 02 de marzo de 2006
Disgresión a modo de introducción:
Variedad “tostado mixto”: Son lindos, dos capas finitas de miga de pan con relleno de jamón y queso, todo tostado parejito, el queso derretido a punto, la miga de pan apenas crujiente y de un tono marrón clarito, apenas oponiendo resistencia y dejando caer muy pocas migas, un manjar que prefiero al caviar, qué me vienen con esas finezas. |
Los sándwiches de miga son un manjar argentino, o al menos así me han dicho. —Noooo… qué vas a encontrar sanguchitos de miga en nuevayór…— te dice alguien que viajó mucho. Lamentablemente, o por suerte, el argentino ha viajado mucho y se sofisticó (o al menos eso cree) y los sanguchitos de miga ya no son lo que eran, de jamón y queso o, a lo sumo, de jamón y tomate o jamón y lechuga. La adquisición de gustos refinados y de alta alcurnia, el “afrancesamiento” de uno de nuestros más típicos manjares, ha dado como resultado que uno caiga en la cuenta de que puede comprar sanguchitos de miga de apio y roquefort con nuez o de bacalao noruego con dulce de leche y hebras de rosbif al tandoori.
Estas mezclas infames, estos atentados al gusto simple en aras de una supuesta sofisticación no hacen más que desnudar la hipocresía, enseñoreada ya como matriz dominante de conducta social: ¿Quién come esos sanguchitos? Quien los compra, no los comería. Al silencio de la noche, a escondidas, afanando de la heladera con hambre de madrugada, elige uno de jamón y queso. O uno de jamón y huevo. No elige uno de camembert y durazno con crema. ¿Para qué los comprás, entonces, papanatas? ¡Si ni vos los comés! ¿Para qué torturás a tus invitados? De la boca para afuera todos van a decirte que son sanguchitos muy ricos, muy finos, muy fashion. De la boca para adentro, tragarlos es una experiencia atroz.
Hace poco, en una fiesta a la que fui invitada había “sándwiches de miga sofisticados”. Algunos, debo confesarlo, eran ricos. No, riquísimos. El de jamón crudo con queso era increíble, y el de camarones con mayonesa y huevo duro picado, también. Pero, al fin y al cabo, esa misma combinación la encuentra uno en canapés. Había también unos de jamón y ananá. Ahí ya nos metemos en terreno escabroso. Los sandwichitos en pancitos semidulces con pavita y ananá ya van camino de ser un clásico en ciertas fiestas, y son ricos. El jamón con ananá viene un peldaño por debajo. Pero había otros… Anchoas con aceitunas negras, bien cargado. La combinación es buena en su dosis justa, a qué negarlo, pero la abundancia mata. Cuando hay MUCHAS anchoas y MUCHAS aceitunas negras (muy saladas) en cada bocadito, la presión sanguínea se te va a 32/18 en cuatro segundos y quedás boqueando como un pez fuera del agua. Precisás un trago de lo que sea para bajar la sensación un poco, para decirle a tu cerebro que si bien lo castigaste con una sobredosis de estímulo gustativo, tenés la suficiente cordura como para calmar un poco la entrada sensorial.
¿Qué hace una con el resto del sanguchito en una situación semejante? Quedan 5/6 de sándwich. Una sabe que no puede comer eso sin que le den arcadas. Tampoco puede dejar el sándwich mordido apoyado en un mantel o sobre un plato. Ni puede tirarlo dentro de un florero. Ni ofrecerlo, así, mordido. Quizá, con un cuchillito que han dejado por ahí, una pueda cortar a lo ancho del sándwich, dejando fuera la esquina mordida (y su esquina aledaña). En ese caso, un esfuerzo supremo podrá hacer que ejecutemos una maniobra combinada. El descarte de sándwich rápido a la boca y un vaso lleno de algo calmante y frío (¿vodka bien helado?) para bajar rápido el sándwich del espanto. ¡Glup!, y adentro. Listo, a charlar con los invitados (hasta donde el vodka me deje), y aquí no ha pasado nada. Pero no, no hice eso. En cambio, lo que sí hice fue otra cosa. Me acerqué a un tipo que me había estado dando charla un rato, poniendo cara de seductor, haciendo girar los cubitos de hielo de su whisky mientras me hablaba acerca de inversiones, de barcos, de caballos de polo, de boludeces. Le pregunté de qué marca era su corbata, le dije que tenía que hacerle un regalo a un amigo. Pareció halagado. Me dijo que la corbata era inglesa, de seda, que la había comprado en Londres, y luego empezó a hablarme de su traje, de su sastre que (trabajaba para Armani), de sus zapatos, hechos por un maestro zapatero italiano, con cuero argentino, blah, blah, blah. En esas estaba, mirándome el escote de tanto en tanto, cuando le dije que tenía que ir al baño (estuve tentada de decir que iba a “empolvarme la nariz” —siempre disfruto cuando tengo la oportunidad de usar una frase hecha tan cinematográfica). Le pregunté, mi mirada en sus ojos, si sería tan amable de sostener mi sandwichito de miga mientras me ausentaba por unos breves instantes. No pudo negarse. Me acordé de él cuando estaba ya en mi cama, viendo un capítulo viejo de Moonlighting. Espero que le haya gustado el sanguchito.
Por: Carla Conailly
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Naci en Argentina, pero vivo en España. Mucho me acuerdo de esos deliciosos sandwichs de miga, que mi madre encargaba en la panaderia,Venus, en Florida. Y esas masitas finas, y las facturas. Y ese dulce de leche tan rico que en europa no se consigue. Por que aunque lo traen de Argentina aqui no me sabe tan rico.
ana | 15-08-2007 21:28:32