Emprender una busca condenada al fracaso. La esencia de aquello que no llega a ser siquiera vacío.
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Jueves, 15 de diciembre de 2005
Hace poco más de un mes me dieron una tarjeta de crédito. No tengo idea de cómo es que se arriesgaron, pero acá está, acá la tengo y pienso comportarme como una persona civilizada y responsable. De hecho el primer pago lo hice como se debe, sin chistar y contenta.
Nada hacía que el demonio que llevo dentro se asomara.
Hasta que sucedió.
Quiero pagar un servicio vía web.
Para entrar a la página de mi tarjeta y hacer el trámite que quiero debo tener mi clave personal. No la tengo, así que me informan que debo hacer el trámite personalmente en la sucursal del banco en la que emitieron mi tarjeta.
En fin, que intento pagar el bendito servicio por vía telefónica.
—Bienvenidos a Aire Argentino, la compañía que le provee el aire que Ud. respira. Si quiere informarse acerca de nuestras promociones marque 1, si quiere informar acerca de un desperfecto en la provisión de aire marque 2, si quiere consultar el saldo de su cuenta marque 3, si quiere averiguar acerca de centros de atención, locales habilitados para el pago de su factura y horarios de atención marque 4, si quiere efectuar un pago mediante tarjeta de crédito marque 5, si desea ser atendido por un representante de Atención Al Cliente marque 6. Si quiere escuchar de nuevo este menú de opciones marque 0.
Marco 5.
—Ingrese los dieciseis números de su tarjeta.
Ingreso los dieciseis números de mi tarjeta.
—Ingrese el código de seguridad, que corresponde a las tres últimas cifras del número que figura al dorso de su tarjeta.
Lo ingreso.
—Ingrese su clave personal.
¿Eeeeehhhh? Me quedo congelada.
—Lo siento, no recibí su clave personal. Ingrese su clave personal.
Siento que entro en un universo paralelo. Nada es aquí como quiero que sea. Ni como estaba acostumbrada a que fuera.
—Lo siento, no recibí su clave personal. Ingrese su clave personal.
La sensación de irrealidad se acentúa. Creo que voy a romper el teléfono.
—Lo siento, no recibí su clave personal. Intente llamando nuevamente. Gracias por llamar a Aire Argentino. ¡CLAK!
Respiro hondo. En dos segundos alcanzo la paciencia del Dalai Lama y no irrumpo en llanto ni rompo nada. Llamo nuevamente y luego del menú de opciones marco 6. Quiero hablar con un representante de Atención Al Cliente.
—En este momento todos nuestros operadores se encuentran con una llamada en curso, por favor aguarde en línea. Pirilíííííí, laríiiiiii, lalíiiiii.
Me dejan esperando con una musiquita de porquería que al rato arranca con un fufufúuuuu espantoso. O es Gheorghe Zamfir o es Lito Vitale en su etapa más zamfiriana. Sea como sea, es una pesadilla.
—En este momento todos nuestros operadores se encuentran con una llamada en curso, por favor aguarde en línea. Pirilíííííí, laríiiiiii, lalíiiiii.
Sigo esperando
—En este momento todos nuestros operadores se encuentran con una llamada en curso, Si desea seguir aguardando en línea marque 1.
Marco 1.
—En este momento todos nuestros operadores se encuentran con una llamada en curso, por favor aguarde en línea. Pirilíííííí, laríiiiiii, lalíiiiii.
Suena mi celular. Es mi mamá, que dice que me tiene que preguntar una pavadita pero en casa le da ocupado hace rato ya. Le doy el teléfono de la heladería (para eso era que llamaba, pobre) y luego de un par de comoestases, todobienes y saludos cortamos.
A mí ya me aparece de nuevo el consabido:
—En este momento todos nuestros operadores se encuentran con una llamada en curso, Si desea seguir aguardando en línea marque 1.
Marco 1.
—En este momento todos nuestros operadores se encuentran con una llamada en curso, por favor aguarde en línea. Pirilíííííí, laríiiiiii, lalíiiiii.
Si sigo esperando no me va a atender nadie, lo sé. Si, en cambio, corto, será justo en el momento en que alguien estaba por atenderme y solucionar mi problema.
A la quinta vez que pasa por mi cabeza el párrafo anterior empiezo a sufrir un tic nervioso. Mi ojo izquierdo guiña espásticamente cada tanto como si tuviera el ancho de bastos y mi entusiasmo fuera mayúsculo. Cuando el tic comienza a verse acompañado de sacudones de cabeza y babeo espumoso decido cortar por lo sano. Decido cortar.
Corto.
Miro el teléfono aturdida y con cierto asombro. Se sacude. No, no se sacude. Es mi cabeza que aún se sacude sola, sin consultarme. Respiro hondo otra vez y me calmo. Se precisaría la templanza de todo un monasterio tibetano para calmarse en una situación como la mía, pero lo logro. De haber partido de una situación normal, tal ejercicio me habría llevado sin escalas al Nirvana. Partiendo de donde partí, tal ejercicio sólo me llevó a lo que algunos llamarían "estado de normalidad" (mejor dicho: eliminó de raíz el tic nervioso, los sacudones espásticos y la baba espumosa).
Estoy algo más tranquila, pero igual de indignada que antes. El teléfono sigue ahí y yo sé que debo usarlo. Esta vez llamaré al 0-800-LAMARCADEMITARJETA. Llamo, qué tanto. Quiero que me den mi Clave Personal.
—Buenas tardes. Gracias por comunicarse con La Tarjeta de Crédito. Si quiere denunciar el robo o extravío de su tarjeta marque 1, si quiere consultar su estado de cuenta marque 2, si desea adquirir servicios o productos adicionales marque 3, si quiere comunicarse con uno de nuestros operadores marque 4 o aguarde y será atendido.
No escuché bien, así que no aprieto ningún botón y al rato, en lugar de aguardar y ser atendida se repite la cantinela. Marco 4.
—Por favor ingrese los dieciseis números de SU TARJETA
Pronuncian SU TARJETA con mayúsculas, con untuosa y empalagosa dulzura. Chorrea miel la locutora. Ella AMA a LA TARJETA. Actúa bien su papel. Por dentro ansío felicitarla y decirle que si quisiera podría actuar en un radioteatro. Claro que no se lo diría nunca porque podría tomárselo a mal. Ya casi no existen los radioteatros. Ingreso los dieciseis números de mi tarjeta y juego a adivinar: seguro que ahora me piden que ingrese el código de seguridad, que corresponde a las últimas tres cifras del número impreso al dorso de la tarjeta. Adiviné, pero nadie me da ningún premio. Siempre que acierto en algo no hay premio. Marco los tres números que me piden.
—Por favor ingrese su clave personal.
—¿Cómo dijiste?— le grito al teléfono. Yo llamo para PEDIR que me den mi clave personal. O para decirles cuál quiero que sea esa clave. Quiero que me atienda alguien. Quiero hablar con una persona. Alguien que me entienda. Alguien que me escuche. O que me diga que estoy soñando y que en cuanto me despierte habré salido de este laberinto telefónico. Corto la comunicación rápidamente antes de sufrir nuevamente consecuencias físicas. Un rápido ejercicio de control mental impide que me hunda en un estado de demencia catatónica.
Todavía no son las tres de la tarde. Si me apuro llego al banco EL BANCO antes de que cierre. Llego, nomás. No todas podían ser malas, me digo. Bueno, algunas sí: hay una interesante cantidad de gente esperando ser atendida. Espero un rato largo, que dedico a hacer ejercicios mentales de supuestos diálogos surrealistas con gente que me pide la clave personal cuando compro una botellita de agua, o recordando momentos felices en los que no tenía que tener clave personal.
Finalmente llega mi turno. Entro a un cubículo chiquito pero prolijo donde me atiende una mina de mi edad, mejor vestida y maquillada que yo, pero —no ostentaré falsa modestia— en peor estado. Arruinada por la cama solar y con el pelo a la miseria (de tantas sesiones de tintura, supongo). Me pregunta por el motivo de mi consulta y le explico. —No hay problema— me dice. —Para obtener tu clave personal de la tarjeta sólo tenés que ingresarla y autorizarla desde tu cuenta en EL BANCO, este banco, precisamente—. Perfecto, todo venía perfecto. Estaba en el banco EL BANCO, así que podría hacer mi trámite en el momento. Le digo a la mina esta, casi adorando su presencia salvadora, que quiero hacerlo ya mismo. —De acuerdo— me dice. Saca un tecladito numérico unido a un cable, me lo acerca, y pronuncia las siguientes espantosas palabras: —Ingresá la clave personal de tu cuenta en EL BANCO, así podés luego ingresar una clave de seis números para que sea la clave personal de la tarjeta y listo—. No tengo clave personal de mi cuenta en EL BANCO. Ni siquiera sabía que tenía una. Me quedo mirándola. La mina debió pensar que no le había entendido bien, así que repite: —Ingresá la clave personal de tu cuenta en EL BANCO, así podés luego ingresar una clave de seis números para que sea la clave personal de la tarjeta y listo—.
Voy en cana.
Por: Carla Conailly
General | Comentarios (4) | Referencias (0)
¿te cuento cómo es el procedimiento para entrar en la carrera de investigador científico en el conicet, o te fijás vos sola?
convocatoria
JuanPablo | 21-12-2005 20:07:57
Acabo de verlo. ¡Está muy bueno! Quien lo hizo tiene un sentido del humor muy retorcido pero muy interesante, porque es una broma, ¿no? ¿No?
Uy, no...
PD: Gracias, Juan Pablo; el tuyo es el primer comentario en este lugar.
Carla Conailly | 22-12-2005 00:07:59
hey! qué honor!
lástima que sin registrarte para llenar la inscripción no ves algunos detalles, hay pantallas excepcionales como la de las publicaciones: uno debe ingresar ISSN de la revista (?), título de la revista, título del artículo, autor(es), volumen, número, fascículo, pagina inicial, página final, año, abstract, copia electrónica del mismo (ok, los míos don post-1999, pero pediles un pdf a los de la época de la máquina de escribir...)
Y es un formulario de éstos por artículo! Llegó un momento en que preferí no meter algún paper antes de seguir llenando esas cosas.
JuanPablo | 24-12-2005 18:57:39
Olga | 24-09-2009 05:35:17