Emprender una busca condenada al fracaso. La esencia de aquello que no llega a ser siquiera vacío.
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Jueves, 01 de diciembre de 2005
—Deje, deje, abuelo, venga, por acá, por acá— decimos, y le ayudamos a cruzar la calle, a llevar una bolsa o un changuito, a subir al bondi, a limpiarse los mocos.
—¿Nadie se da cuenta? ¡Alguien que le dé el asiento al señor!— gritamos indignadas en el colectivo de la línea 56, interno 21, que se zarandea como el "Samba" en el Italpark.
Bueno, malas noticias.
El viejito divino nació en 1920.
El viejito divino, en 1942, cuando era joven y fuerte, disfrutaba torturando gitanos en Croacia.
El viejito divino vive ahora tranquilo en Buenos Aires y tiene una mirada tierna. Vos le tenés lástima (esa de la que él carecía). Vos lo ayudás. Vos te enternecés cuando ves que le acaricia la cabeza a un perrito (a los chicos gitanos les volaba la cabeza de un balazo, cada tanto, cuando por alguna razón era compasivo). Vos le das el asiento, como a una embarazada (a las gitanas embarazadas las hacía abortar de patadas en el vientre). Vos lo saludás, le hacés un gesto amistoso, le prestás unos pesos, le calmás los nervios. Él baila con su esposa en una fiesta de fin de año en un restaurant. Vos los ves bailando y te emocionás. —Mirá, che, ¿qué deben tener?, ¿82, 85 años?—. Él hacía bailar a grupos de gitanos por horas y horas. El que se caía o desmayaba de cansancio, PUM, listo. El ganador seguía vivo. Resultaba un ejercicio de sociología práctica. Se podía ver si alguno intentaba que otro se cayera, para tener más posibilidades de supervivencia. ¿Hasta qué punto podía una persona sacar a relucir sus peores conductas? Cuando quedaban dos, ya con muy pocas fuerzas, resultaba interesante ver que a veces intentaban unas zancadillas. Tenían que tener cuidado, porque en el estado en que ya estaban podían caerse al intentar derribar al otro. ¡Qué comportamiento animal! Eso lo demostraba, claro: eran animales, sin duda alguna. En las situaciones extremas se ve la verdadera naturaleza de la gente, su verdadera esencia.
Vos le das el asiento al viejito.
Un viejito divino.
Por: Carla Conailly
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