Emprender una busca condenada al fracaso. La esencia de aquello que no llega a ser siquiera vacío.
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Jueves, 24 de noviembre de 2005
Salgo de casa para ir al almacén a comprar arvejas, sardinas, puré de tomate y otras cosillas. Ya de camino veo aparecer, doblando la esquina, un perro. Lindo perro. Grande, el perro. Un Rottweiler enorme, el perro. Camina rápido y en mi dirección, el perro. De a ratos abre la boca.
A los pocos segundos, con el perro a metros de su desayuno (yo) dobla la esquina la dueña de la bestia. Es una mina de unos cuarenta y pocos, bien mantenida. De gimnasio día por medio. Percibe que estoy asustada. Será por mi cara, por mi gesto, por mis pantalones meados o por mis alaridos, no lo sé. Es muy perceptiva, se ve. --¡Marcus! ¡Quieto!-- grita, y el animal demoníaco se congela. No se le mueve ni una pestaña. Se ve que es eficiente no sólo en el asesinato de transeúntes sino también -agradezco- en la obediencia a su domadora/dueña/ama/sargento.
--No hace nada, es mansito, es bueno, un pan de Dios-- me dice la dueña, mientras pasa al lado de mis despojos. Desde el suelo, derretida de miedo, le respondo algo de compromiso, pero no sé bien qué ni creo que nadie pueda entenderlo. No me sale nada inteligible. Por suerte se van, se alejan, y espero que se pierdan o que les caiga un meteorito encima. Cualquiera de esas opciones me viene bien.
Vuelvo a casa a lavarme y a cambiarme. No puedo andar por ahí con los pantalones meados. Mientras estoy en esos menesteres fantaseo con una situación de justicia vengadora, como hago cada tanto: Voy por la calle y estoy por cruzarme con la dueña del Rottweiler, que camina en dirección contraria, por la misma vereda que yo. Está sola. Yo tengo una Magnum .45 y jugueteo con el arma apuntando, cada tanto, a la mina que se acerca. Ella ve qué es lo que manipulo y se asusta. Se hace encima. Me pide que por favor no la mate, que tiene hijos, un hermano, padres, algunos amigos. Que me da lo que yo quiera. Yo la miro entre despreocupada y divertida y le digo: --No hace nada, está descargada (o "no hace nada, es una réplica")-- y me voy sonriente, deseando una lluvia de bozales, a ver si los idiotas entenderán alguna vez una sutileza.
Por: Carla Conailly
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